«Los poetas solo son necesarios cuando pasan a formar parte de la vida de un lector» afirma Daniel Rodríguez Moya. En el dominio hispanohablante contemporáneo es difícil identificar una lírica con la capacidad apelativa que tiene la obra de Luis García Montero.  Su poesía es un acto performativo en el sentido de la lingüística austiniana: no se queda en la descripción de un estado de cosas sino que desencadena actos domésticos y cívicos en la intimidad del receptor. Despierta adhesiones, afinidades, resistencias, toma de conciencia, la adopción de mitologías y rituales del cortejo amoroso, alineamientos ideológicos en el horizontede recepción que se traducen en gestos empíricos más allá de un circuito endogámico de poetas. Sus libros vienen formando parte de la educación sentimental colectiva de las últimas generaciones con una popularidad creciente, semejante a la que desde los años sesenta ostenta, por ejemplo, Julio Cortázar. El escritor mexicano Marco Antonio Campos homologa su circulación pública con la de otro compatriota:

(…) ocupa un lugar similar al que tuvo entre nosotros Jaime Sabines. Su poesía, coloquialmente sencilla y hondamente humana, sin gritos ni estridencias, parece un sostenido diálogo con la mujer (…). Como hombre de izquierda, García Montero ha pugnado incesantemente por un diálogo más vivo entre España y América Latina.

Una de las dominantes de la lírica monteriana es la doble valencia cívico-amatoria, la construcción en paralelo de un yo poético que es amante y ciudadano a la vez, sin fisuras ni conflicto entre esferas pública y privada, en una actualización del tópico aurisecular del poeta soldado («yo me conformo con tenerte a ti/ y con tener conciencia» dirá en su poema «Poética», incluido en Completamente viernes). Militante de Izquierda Unida desde el año 1986, se postuló como candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid por este partido en 2015. Ejerce el periodismo de actualidad política y cultural en un medio digital independiente, infoLibre. En este estudio preliminar no nos detendremos en su actividad de compromiso civil extraliterario, pero citamos estos casos aislados para refrendar la coherencia que rige el ideario de su doble opción.

La generación del ochenta, en la que nuestro autor se encuadra, incorporó de lleno la sentimentalidad en su discurso, de ahí que bautizara La otra sentimentalidad a la tendencia poética por él fundada en Granada junto a un grupo de escritores y docentes amigos, tomando en préstamo una expresión de Antonio Machado. Los poemas de amor fueron abordados como uno de los desafíos creativos más necesarios y vigentes «porque obligan a competir con una tradición poderosa, porque resulta necesario actualizar esa tradición y porque hay que otorgarles a los versos más íntimos una justificación de valor público». Un índice textual de este interés es el vocativo recurrente en la poesía de nuestro autor: amor. Hay un tú invocado, alojado casi siempre entre comas, que interrumpe el flujo del discurso lírico para destacar la centralidad del destinatario del mensaje. Este tipo de interpelación redunda en numerosos poemas: «¿por dónde vas, amor, qué traje llevas?» («Las nostalgias del marinero», RC); «tú me llamas, amor, yo cojo un taxi» (v, Libro I, DC); «nos veremos, amor, en el combate», «volveremos aquí, donde besarnos/ la piel, el corazón, las cicatrices,/ para olvidar contigo, amor» («El Salvador. Nosotros», PP); «Amor, soñado amor,/ tú que has estado/ en el pecho y la voz de un hombre triste» («Égloga de los dos rascacielos», RC); «Con qué coraje, amor, y qué deprisa» («Paseo marítimo», EJE); «el largo adiós, amor, que tú sugieres», «Ven,/ te enseñaré Granada, amor», «te ofreceré Granada, amor» («Aventura en la ciudad cerrada», PT).

Este procedimiento dialogante genera un efecto de identificación: desencadena la empatía del lector, quien atribuye el vocativo amor —no marcado por género ni nombre— a un destinatario de su historia personal. En el prólogo a Cincuentena (2010), titulado «Una historia de todos en primera persona», Laura Scarano se detiene en las diversas variaciones de la personificación, según ella la figura retórica predilecta del escritor, quien despliega los avatares de un yo ficcional que lleva a muchos a confundir sus versos con poesía autobiográfica. Cabría señalar que Luis García Montero construye una historia de todos en primera, y también en segunda persona. Edifica una poética basada en la complicidad interpersonal de un yo con un  como figuras espejadas en la que el primero no existe sin la copresencia del segundo, aun cuando este  sea una realidad meramente evocada en soledad.

Antes mencioné la doble valencia cívico-amorosa, la construcción en paralelo de un yo poético que es amante y ciudadano involucrado en asuntos públicos, sin contradicción. Hay un sustrato ideológico que da espesor teórico a esta elección poética, pues García Montero retoma del filósofo marxista recientemente desaparecido, su maestro Juan Carlos Rodríguez, de la Universidad de Granada, la concepción de la radical historicidad del inconsciente ideológico. En su temprano manifiesto «La otra sentimentalidad», publicado en 1983 en El País, plantea un giro hacia la revolución desde el territorio de la individualidad histórica y de la vida cotidiana. La propuesta poética que hace Luis García Montero para superar ese enquistado debate

(…) nacido de la escisión de lo público y lo privado es precisamente la de recuperar la dimensión pública de lo privado, la de devolver lo individual al seno de la realidad colectiva y de la historia, la de reconstruir e interpretar la experiencia propia desde un punto de vista histórico.

Como señala Scarano en La escritura como interpelación (2004), García Montero atacó una y otra vez la dicotomía burguesa nacida con el Romanticismo entre la esfera pública y la privada, que generó la falacia de una doble opción. Ambos extremos habían terminado reificando esa oposición: vanguardistas sacralizadores de lo privado y socialrealistas sacralizadores de lo público. Discurso amoroso y ethospúblico convergen en la poética del autor como forma de reivindicación del carácter histórico de toda producción discursiva humana.

(Fragmento)

 

 

 

 

Marisa Martínez Pérsico