Ambos éramos felices: tú me creías engañada,y yo te engañaba. Este lenguaje sin duda habrá de parecerte novedoso. ¿Sería acaso posible que, tras haberte abrumado de pesares, yo te obligara además a admirar mi coraje?

Roxane a Usbeck.  Montesquieu,

Lettres persanes

Javier Leonardo Borges ya estaba bien viejo, o al menos ya tenía cierta edad, lo bastante cierta como para frecuentar solo por hábito sus manuscritos antiguos. Leer mucho y olvidar lo esencial se había convertido en su regla, repetida todas las mañanas entre la pasta dental y el café, aunque finalmente siempre releía lo mismo y olvidaba mucho, no por una selección de esteta o de experto sino por culpa de una memoria ya vuelta veleidosa por el desgaste.

Una tarde tormentosa de fines de julio, como buen profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires, con sus lentes encajados en una nariz cansada de ese fardo intelectual, Javier Leonardo Borges hojeaba antiguos rollos enviados por un colega de Estambul para preparar un coloquio internacional sobre los dirigentes políticos de los siglos xv y xvi. El seminario debía efectuarse en Alejandría el próximo año y reuniría a todos los peces gordos del mundo que, sin modestia alguna, iban a iluminar al universo con su ciencia. Los terrores de antaño, desde Juan sin Miedo hasta Carlos el Temerario, iban a ser evocados por unos ponentes que señoreaban en sus cátedras universitarias, tan orgullosos como si ellos mismos hubieran manejado la espada. Obviamente, los papas, Lorenzo de Médicis, Isabel la Católica y Carlos V formarían parte de ese panel infernal. Por su parte, el orgulloso J.L. Borges, a falta de poder hablar de sí mismo, iba a hablar del Grande, del Sublime Solimán el Magnífico. Qué iba a saber él de ese personaje, habiendo trabajado cuarenta años sobre los aztecas. En fin, el tema no era nada del otro mundo. Le dedicaría algunos días y sería suficiente. J.L. Borges empezó a quedarse dormido, inclinando la nariz, esa nariz cansada, sobre los folios alineados ante él. El colega que se los había enviado directamente de Turquía, Hakan, no había dejado de machacarle los oídos con esos documentos de época todavía escasamente estudiados, pero ante la aguda somnolencia que invadía a J.L. Borges, Hakan resultaba sospechoso de publicidad engañosa. J.L. Borges estaba escudriñando un perí de Shah Quli que acompañaba los informes del Consejo de Solimán. Como sus nociones de turco se reducían más a menos a lo que leyó en un método comprado hacía años en un momento de extravío, prefería concentrarse en las ilustraciones. El bosquejo, fechado en 1520, representaba una selva y unas creaturas más feéricas que reales. Las hojas de los árboles lucían dibujadas con firme precisión, con un rasgo franco y versátil, pero de repente J.L. Borges descubrió que estaban animándose, como movidas por algún espíritu chamánico por demasiado tiempo sepultado en lo más profundo de una biblioteca anatoliana. Estuvo a punto de acometer un análisis fenomenológico —que habría señalado la caída lenta y gradual de sus lentes como la causa más probable de tal agitación bosquejada en tinta— cuando una cucaracha vino a interrumpir el proceso, abriéndose camino por el dibujo. El bicho —que sí se movía de verdad— sacó a J.L. Borges de su modorra. Lo ahuyentó de un manotazo y mantuvo la mirada en el punto donde acababa de ver el insecto. Ajá, aquí había algo raro. Estaba descubriendo un problemita en esa vegetación. Lo que había visto como una hoja dentada en la parte izquierda del dibujo, como una prolongación del motivo central, ahora se le aparecía con la forma de un haz de serpientes. Y esas serpientes constituían, con toda evidencia, el adorno de una falda vistiendo algo que no era un tronco de árbol sino un cuerpo de mujer con dos senos ajados, mucho menos bucólicos que los dos pájaros que ahí se hallaban previamente. J.L. Borges escudriñó el dibujo para confirmar tan extraña presencia. ¿Qué demonios venía a hacer aquí, en un manuscrito proveniente directamente de Estambul, la diosa azteca de la tierra, Coatlicue? Pues no cabía duda: cabeza rectangular, pupilas abiertas tratando de hipnotizar quién sabe a quien, dedos enormes, garras animales, falda entramada de serpientes, sí respondían a la descripción de Coatlicue. Caramba. J.L. Borges se rascó la barbilla. Hacía años que ya no confiaba mucho en su vista, así que se armó de una lupa y volvió a inclinarse sobre el dibujo. No era ninguna ilusión óptica. Recorrió todo el perí minuciosamente. Y vio aparecer, como si fueran un ribete en la falda de Coatlicue, unos caracteres tan minúsculos que resultaban invisibles a primera vista. Logró descifrar en turco: «En memoria del año aciago de 870», lo cual correspondía al año 1492 del calendario gregoriano. Esto rayaba en lo absurdo. ¿Cómo era posible que la conquista de América, claramente indicada por la fecha y la diosa azteca, hubiera sido fuente de inspiración para un pintor turco que ya tenía ampliamente de qué ocuparse con esa corte otomana siempre en ebullición? Y sobre todo, era rigurosamente imposible que el artista escogiera en 1520 (fecha de producción de la estampa) un ser de la mitología azteca para conmemorar aquella catástrofe de la conquista, pues el imperio azteca aún no había caído. El asedio de Tenochtitlán, que marcó su final, no tuvo lugar sino un año después. No obstante, Hakan le había jurado que se trataba de documentos de época, estrictamente originales. J.L. Borges estaba desconcertado pero no iba a dejar pasar la ocasión de, por fin, llevarse algo sabroso a la boca tras quince años de ayuno académico.

Escaneó el documento y lo envió a Hakan, quien se mantuvo circunspecto. Sí, las fechas eran exactas. No, ningún personaje de la mitología del Turquestán podía confundirse con Coatlicue. Sí, ahí estaba la referencia al año de la conquista de América. Pero Hakan, puntualmente ocupado por asuntos más urgentes, tuvo que dejar a J.L. Borges con sus solirias tergiversaciones.