Introducción

El centenario de la Revolución Rusa llega cuando las banderas del socialismo vuelven a levantarse alrededor del mundo. Sin embargo, las visiones ideológicas sobre la URSS que se impusieron hacia el final del siglo XX siguen dominando incluso en la izquierda, la cual toma distancia frente a las experiencias socialistas de décadas anteriores y declara una ruptura respecto a las teorías «clásicas». En los últimos veinte años no pocos autores han disparado desde la izquierda a la experiencia soviética y lo planteado por Lenin, calificando su teoría de la revolución, cuando menos como «vieja». A pesar de eso, fuera de las discusiones académicas, Lenin sigue siendo un revolucionario cuya práctica y pensamiento moviliza a miles de jóvenes en todo el mundo.

Esta obra es la radiografía de una época desde la mirada de uno de sus principales protagonistas; es también una biografía intelectual anclada en la militancia y no en la producción teórica abstracta.

Los artículos, discursos y documentos recogidos en este libro representan una oportunidad para poner en manos de la militancia revolucionaria la obra que Lenin elaboró al calor de la construcción hegemónica que condujo a la insurrección de octubre. El líder bolchevique pone en juego las principales categorías del pensamiento marxista para producir una idea de revolución que no está determinada y anclada a la teoría, sino que se fundamenta en el análisis concreto de la situación concreta, donde el pensamiento es contrastado con la realidad.

Esa idea de revolución está relacionada directamente con la premisa que Lenin plasmó a finales de marzo de 1917 y cuyo desarrollo seguiremos en esta introducción. Afirma el dirigente bolchevique que

“En tiempos revolucionarios, la situación objetiva cambia con la misma rapidez y brusquedad que el curso de la vida en general. Y nosotros debemos saber adaptar nuestra táctica y nuestras tareas inmediatas a las características específicas de cada situación dada.”

 

I

En enero de 1917 Lenin se encuentra en Zúrich, donde participa activamente en las discusiones de la izquierda. Como en años anteriores, no todo es agitación política; a la par del activismo y el seguimiento de los asuntos que se desarrollan en Rusia, estudia tanto los clásicos como los libros más actuales de la época. Los dos textos que abren esta antología son producto de esa conjunción entre militancia y reflexión teórica. A la vez, muestran su claridad en relación con los acontecimientos internacionales y la reciente historia rusa. Ambas cosas le permitirán comprender claramente la Revolución de Febrero a pesar de encontrarse fuera, comprensión que dejará documentada en el último texto que escribe durante ese exilio, sus «Cartas desde lejos».

El primero de los trabajos es «Pacifismo burgués y pacifismo socialista». En él, Lenin desarrolla críticamente las distintas posiciones de la izquierda europea en torno al conflicto bélico y hace uso de las categorías elaboradas algunos meses antes en «El Imperialismo, fase superior del capitalismo». Desde esa perspectiva aborda los distintos errores de las posiciones que apelan a la conclusión de la guerra por la vía de una «paz imperialista». Este pacifismo abstracto es desnudado recurriendo a la exposición de los objetivos principales de la guerra y cómo siguen estos vigentes cuando las naciones imperialistas empiezan a hablar de paz. Los intelectuales de izquierda de cada país arremeten contra los intereses de las naciones enemigas, pero ocultan los del imperio propio con un discurso que es caracterizado como «socialchovinista». Con estos mismos argumentos denunciará luego cada una de las posiciones de los mencheviques y los socialdemócratas rusos.

Frente al pacifismo abstracto es necesario afirmar que la única paz real consiste en que el proletariado tome las armas que le han sido entregadas para matarse entre sí y las use contra sus propios gobiernos. La guerra debe transformarse, bajo las banderas antiimperialistas, en una lucha armada contra la burguesía de cada país. Esta determinación en el giro de clase que debe dar la guerra, guiará los debates que se llevaron a cabo en el seno del Comité Central del partido bolchevique. En esas discusiones algunos miembros del partido objetarán el llamado a continuar el combate, ahora dirigido contra las burguesías, argumentando que la mayoría del pueblo ruso está cansada de la guerra y no asumirá como suya esa idea. A pesar de esa objeción, aceptada por el líder del partido, su claridad en relación con las condiciones de la guerra imperialista será determinante a la hora de enfrentar las posiciones del Gobierno provisional.

Unos años antes se dieron cita los más importantes líderes de la izquierda europea en la Conferencia de Zimmerwald. En aquel momento Lenin planteó las posiciones que luego recogerá en este artículo. Estas discusiones continuaron a lo largo de 1916, quedando plasmado el carácter del pensamiento de Lenin, especialmente en relación con las luchas por la independencia nacional. En esos espacios combatió las posiciones economicistas que no comprendían el papel de la lucha de clases en los procesos de liberación nacional. Desde su liderazgo abrió dos frentes que mantendrá posteriormente, enfrentando por igual las posiciones mecanicistas y las ideas revisionistas.

Hoy, la izquierda no cuenta con un espacio como el de Zimmerwald, pero eso no impide que la discusión se lleve a cabo con el mismo nivel de intensidad que en 1915. Desde la negación, la crítica y las acusaciones mutuas, la izquierda mundial actual divide sus posiciones respecto al imperialismo y las guerras que se desarrollan en los países árabes. Ese conflicto ha expresado las contradicciones, diferencias y antagonismos entre la militancia crítica del sistema, frente a lo cual el análisis de Lenin demuestra su actualidad, tanto por sus conclusiones como por su método.

Autor: Lenín Colección : Documentos

Varios días después de escribir ese artículo, Lenin dicta una conferencia en Zúrich, en la que hace gala de su gran capacidad de análisis sobre los acontecimientos históricos recientes, digna del ejemplo de Karl Marx en «El 18 Brumario de Luis Bonaparte». Teniendo en mente la conexión de aquellos sucesos con la lucha actual del proletariado, critica la ingenuidad del movimiento obrero ruso de 1905, que no entendió los intereses de clase representados por el zar. Allí expone las condiciones en las que surge la fuerza revolucionaria, con especial atención al papel de los campesinos en ella. En esa conferencia evidencia el error de los reformistas, que nunca ven la revolución venir, sosteniendo continuamente que las condiciones no están dadas. Esta observación es complementada con la diferenciación entre los mecanismos de lucha que dan contenido a la revolución, pero que pueden terminar poniéndola al servicio de los fines democrático-burgueses. Las herramientas de lucha no solo deben tener una condición de clase en su forma, sino también en los fines que se persiguen con ellas.

Ese análisis histórico le permite a Lenin encontrar fuentes de inspiración para la lucha, pero no por eso la teoría es la que determina la formación revolucionaria; al contrario, sostiene que «la verdadera educación de las masas no puede ir nunca separada de la lucha política independiente y sobre todo, de la lucha revolucionaria de las propias masas». Por eso la mejor escuela para la clase trabajadora es la revolución. El análisis de la práctica revolucionaria pasada permite comprender las condiciones de los triunfos y las características de las derrotas. Tanto en la Revolución de 1905 como en la Comuna de París, la derrota se produce por no haber llevado la guerra hasta el final, preparando un ejército revolucionario capaz de enfrentar de manera definitiva al ejército que sostenía el régimen. En el caso ruso faltó confianza, determinación y capacidad para tomar la conducción definitiva de la revolución para llevarla al poder. Estas ideas serán muy útiles meses más tarde, cuando haga falta preparar la insurrección contra el gobierno y luego formar el Ejército Rojo para defender la revolución.

En esta conferencia Lenin retoma la idea de Karl Kautsky, según la cual la revolución será más parecida a una guerra civil prolongada que a una insurrección por sorpresa. Hoy en día muchos quieren ver en estos acontecimientos, hechos aislados del contexto histórico, rupturas absolutas respecto al pasado y saltos al vacío frente al futuro. Frente a ellos, esta concepción de la revolución como una guerra a largo plazo es una importante revindicación histórica que nutre la reflexión actual. Más allá de lo teórico, la experiencia histórica de 1917 es un ejemplo concreto. La revolución se va desarrollando mucho antes de octubre, y continuará luego convertida en un conflicto con distintos niveles de intensidad. La revolución irá sucediendo antes, durante y después de los sucesos definitivos. Algunos podrían afirmar que es una concesión al reformismo, pero por el contrario, se trata de comprender que la revolución no es una predicción teórica sino una práctica continua que apunta a la transformación del capitalismo, aplicando las herramientas necesarias desde la lucha de clases, y que no termina con la toma del poder. Solo el análisis detallado, diario y minucioso de la realidad concreta puede guiar la acción revolucionaria.

Ese es el análisis que lleva a cabo Lenin y que le permite, a partir de una comprensión detallada del momento geopolítico y la conciencia histórica del pasado reciente ruso, determinar las situaciones que condujeron a la Revolución de Febrero. Si bien en la conferencia sobre la Revolución de 1905 había visualizado la posibilidad de un levantamiento, la atención a los procesos sociales no convierte al revolucionario en vidente. En el exilio, mientras prepara su viaje de regreso, escribe cuatro cartas en las que demuestra lo que ya hemos mencionado, su manejo del contexto histórico y de la realidad rusa. Desde el comienzo se refiere a lo sucedido como una primera revolución, seguro de que le seguirán otras y de que es función de los partidos proletarios de Europa trabajar para ello. Con la certeza de que esta revolución debe conducir a otras en Rusia y Europa, Lenin expone cómo la guerra imperialista ha determinado el interés de la burguesía y los terratenientes por tomar el poder para desplazar a un gobernante que no conduce el conflicto por el camino necesario.

En los escritos posteriores recogidos en este libro, Lenin afirma que el análisis de la situación debe iniciarse por la caracterización de las fuerzas en pugna. Ya en marzo realiza ese ejercicio, exponiendo los sectores de clase que se disputan el poder: los representantes feudales, que giran alrededor del zar; la burguesía y los terratenientes, organizados en torno a los octubristas y los kadetes; los grupos pequeñoburgueses representados por Kerenski; y por último el Soviet de Diputados Obreros, que aglutina a los sectores explotados y las masas pobres del país. Detrás de los primeros se encuentran los intereses imperialistas que atizaron las contradicciones y aceleraron la crisis, con apoyo de algunos líderes socialistas que se unieron a la burguesía al asumir posiciones chauvinistas. Rusia es un laboratorio para la paz imperialista y, a la vez, una síntesis de las viejas contradicciones surgidas en 1905, por eso es tan significativo que Lenin se haya dedicado a ambos temas antes del derrocamiento del zar.

Las fuerzas descritas se movilizan en los tiempos revolucionarios, llegando a formar alianzas circunstanciales. Frente a eso, Lenin descarga su crítica al etapismo, con la que derriba las opiniones de quienes consideran imprescindible una revolución burguesa. Mientras Lenin se mantiene lejos de Rusia, las posiciones conciliadoras de algunos bolcheviques se expresan en la búsqueda de un acercamiento con el Gobierno privisional, a lo que le sale al paso rápidamente, desenmascarando los intereses del gobierno y llamando a apoyar el fortalecimiento de los Soviets. El Gobierno provisional, por su propia composición de clase, es incapaz de responder a las demandas de los campesinos, obreros y soldados. Solo el socialismo puede dar respuesta a las exigencias de paz, pan y libertad, conclusión derivada de la comprensión de los distintos sectores en disputa por el poder. Ya en marzo se ve la pugna que se desarrollará en los meses siguientes, frente a la cual el partido debe prepararse para asumir su papel histórico.

En la tercera carta Lenin plantea que la táctica solo puede definirse partiendo de la observación de los acontecimientos en desarrollo, por medio del cual se comprenden las características de la transición. Ese método permite establecer los elementos básicos del momento, para concluir que en esa etapa el gobierno no puede ser derribado de un solo golpe y que tampoco hay condiciones para mantener el poder. Lo que corresponde de momento es trabajar en la organización del proletariado, no como un fin en sí mismo sino en función de la toma del poder, a lo cual debe adecuarse el trabajo de construcción hegemónica.

En esa misma carta hay un tema que es fuente para nuevos debates sobre la revolución hoy. Lenin presenta los objetivos a seguir para la conformación de un Estado radicalmente distinto al existente. La conquista del Estado se logra con la movilización de todo el pueblo en armas, que debe tomar todos los organismos existentes y establecer aquellos nuevos que expresen su naturaleza de clase. La supresión de la policía zarista, que sostiene al Estado, debe venir acompañada con la creación de una milicia popular compuesta por hombres y mujeres. Esta milicia tendrá un papel democratizador y a la vez será un muro de contención frente a la contrarrevolución. Con esta propuesta pretende superar las debilidades señaladas en las experiencias anteriores. Quienes subestiman el papel de los ejércitos populares y descartan las insurrecciones a comienzos del siglo XXI, deberían atender esta reflexión.

 

Manuel Azuaje Reverón