Nuestro continente fue condenado a una existencia inauténtica, fuera de la historia, de allí el anhelo de reconocimiento como miembros plenos de Occidente. Esta situación produjo un pensamiento preocupado por la cuestión de la identidad. Las múltiples reflexiones que a lo largo de la historia se han hecho acerca de la constitución de una cultura latinoamericana y el lugar que esta ocupa en el mundo, produjeron distintos momentos de gran importancia, episodios que deben entenderse como parte de una construcción cuyo desarrollo no ha sido siempre lineal. El deseo de una cultura cuya autenticidad pudiera colocarnos a la par de las demás y permitiera reclamar un lugar en el mundo, partió de la unidad incuestionable entre nuestras naciones y España, siendo Iberoamérica el lugar de enunciación, una totalidad histórica y cultural. De esa manera, formábamos parte de Europa por la vía bastarda, perteneciendo a Occidente solo de manera marginal.

En este contexto fue ignorado el esfuerzo de José Carlos Mariátegui, entre otros, para explicar la importancia de la cultura indígena en la constitución ontológica del ser latinoamericano. El ethos hegemónico era hispanoamericano, y esa situación no podía cambiarse por la vía de la reflexión pura. La lucha social y el conjunto de transformaciones emancipadoras de los años sesenta generó la aparición de una juventud, que motivada por las mismas inquietudes de quienes eran sus maestros, pero formada al calor de otras prácticas, pudo plantear nuevas perspectivas a estos problemas. El pensamiento pasó a ser entendido como una herramienta para la liberación, a partir de la identificación de las víctimas del sistema: los millones de pobres que habitan nuestro hemisferio. El lugar de enunciación comenzaba a ser otro y en el calor de esas luchas populares, América Latina empezaba a verse a sí misma distinta de Europa. Ya no desde una perspectiva de minusvalía intelectual, sino a partir del reconocimiento de la posibilidad abierta de una cultura propia. Los latinoamericanos dejamos de ser occidentales de segunda, para adueñarnos de nuestro destino. El 12 de octubre de 1992 representó la oportunidad, y al mismo tiempo la obligación, de pensar la identidad latinoamericana a la luz de la conquista del continente. Frente a la pretensión de celebrar por todo lo alto el «Encuentro de dos Mundos», le salieron al paso los pueblos latinoamericanos y los pensadores que desde su seno llamaron la atención respecto a lo que catalogaron de genocidio. No se trató de una simple acotación histórica, sino de comprender cómo ese hecho determinó nuestra constitución existencial y las condiciones materiales en las que está anclada. La tarea emprendida a partir de estos sucesos supuso la necesidad de construir otra perspectiva de la historia universal, que no fuera producto de la dominación epistemológica, cultural y material de los pueblos, ni la imposición unilateral de una civilización respecto a otras. El desarrollo de ideas que buscan superar la colonización en todos sus ámbitos no tiene muchas décadas y es ahora cuando empieza el trabajo colectivo más arduo. Acercarse a la obra de un pensador del siglo XX, supone localizar el contexto histórico en el que fue producida. Muchos intelectuales que desarrollaron su pensamiento a lo largo de esa centuria cambiaron radicalmente algunas de sus posturas después de la segunda mitad. Sería injusto exigirles a los pensadores anteriores a este proceso, la concreción de ideas que aún estaban en formación.

La tesis principal del ensayo que presentamos a continuación, Mensaje sin destino de Mario Briceño-Iragorry, apunta a señalar «una crisis de pueblo» como la raíz de las distintas dificultades que padece la sociedad venezolana. La razón que genera dicha crisis es la ausencia de densidad y continuidad histórica que permita proveernos de los recursos sólidos para construir un futuro. Poner fin a esta situación implica resolver la discontinuidad en el flujo de la historia, dando fin a las rupturas y los esfuerzos que cada grupo de poder realiza por hacer de su visión o versión, una nueva que dé al traste con lo anteriormente establecido. Este procedimiento se ha expresado fundamentalmente en la relación que tenemos con la Venezuela colonial: nuestra historia empieza con la Independencia, a partir de la fundación de la República, y aun así está constituida por múltiples discontinuidades. Por ello, la propuesta esencial consiste en la reconciliación con el pasado colonial a partir de la relación con España, recuperando la continuidad histórica que funda lo que somos. En este panorama, los indios y los negros juegan un papel casi nulo para el historiador, porque «el venezolano, más que continuación del aborigen, es pueblo de trasplante y de confluencia, cuyas raíces fundamentales se hunden en el suelo histórico de España». Esa continuidad en vez de vincularnos con el pasado indígena nos lleva al pasado español.

El Caballo de Ledesma es un libro anterior a la publicación de este ensayo, pero en él su autor puso en práctica el planteamiento expuesto más arriba. En ese trabajo intenta construir un mito fundacional que permita apropiarnos de la historia y darle la densidad que necesita, para fundamentar la importancia de la lucha del pueblo contra cualquier forma de dominación extranjera. Usa para ello la historia de Alonso Andrea de Ledesma, conquistador que participó en la fundación de Caracas, combate a Guaicaipuro y derrota finalmente a su ejército. El español habría enfrentado él solo al pirata Amyas Preston, falleciendo en batalla, no sin antes demostrar su valor. Tal vez el espíritu que anima la empresa de Briceño-Iragorry es el mismo que nos ha llamado a ampliar nuestro horizonte histórico, mucho más allá de la Conquista, para llenar de contenido nuestra historia; a su vez, su gesto en el último libro mencionado, encuentra reflejo en el reconocimiento que actualmente se hace de los líderes indígenas frente al conquistador. A pesar del aparente antagonismo, subyace el mismo interés, la necesidad de que el pueblo descubra su historia y se apropie de ella. Eso solo es posible si ese pueblo siente que forma parte del pasado.

Para darle vida a la historia debemos identificarnos con los protagonistas de esos hechos, así entendemos que es nuestra historia viva y no un cúmulo de acontecimientos que nada tienen que ver con nosotros. En los últimos apartados de Mensaje sin destino se hace un llamado a recuperar la obra de nuestros pensadores, para tener conciencia de lo que se ha pensado antes y reflexionar sobre ello. La historia no es nada más un cúmulo de hechos sino también un conjunto de ideas que expresan la mentalidad de cada época.

Mario Briceño-Iragorry es un intelectual perteneciente a un cambio de época; escribió y publicó Mensaje sin destino a comienzos de la década de los cincuenta, antes de las transformaciones que hemos mencionado más arriba, pero distanciado críticamente del positivismo. Su pensamiento, el objeto de sus reflexiones y las inquietudes que las producen forman parte de la historia de las ideas de nuestro continente, y particularmente de Venezuela, cuya sistematización está pendiente. La pregunta que orienta Mensaje… responde a la búsqueda de la identidad, a la reflexión sobre nuestro pasado y a la demanda de una razón que explique los problemas que padece nuestro país. Por ello, hemos expuesto brevemente el desarrollo de las ideas en América Latina para una mejor comprensión de la obra de un pensador como Briceño-Iragorry. La lectura XII de los libros no puede hacerse de manera inocente, debemos contar con un aparato crítico que nos permita entender el momento en el que surgen; para ello hemos de acudir a esa historia y hacer propios el sentido de cada uno de sus momentos.

Hoy, entrados en el siglo XXI, después de candentes debates que Mario Briceño-Iragorry no pudo vivir, debemos leer Mensaje sin destino como una expresión específica del pensamiento venezolano. Las opiniones manifiestas en él, forman parte de un determinado esfuerzo por explicar los problemas de nuestra sociedad. No se trata de repetir canónicamente sus propuestas, cosa que él mismo no habría deseado, ni de afirmar acríticamente la plena vigencia de las mismas. Es necesario ir al núcleo del problema que motivó estas reflexiones y preguntar si esa «crisis de pueblo» aún sigue latente y hasta qué punto es válido el diagnóstico al respecto.

Hacia el final de su ensayo, el historiador venezolano nos advierte sobre la penetración de la cultura foránea, la manera como el petróleo nos transforma y nos encadena a un modo de vida que no responde a nuestras formas de ser, denunciando la entrega del país a los intereses extranjeros. Es difícil leer esas palabras y no pensar en la importancia que tienen hoy en día. De igual manera, encontramos el papel que Briceño-Iragorry asigna a la historia cuando dice que «tomada como disciplina funcional y no como ejercicio retórico, tiene fuerza para elaborar las grandes estructuras que hacen la unidad concencial del XIII pueblo» y más adelante sentencia que «un pueblo es tanto más histórico cuanto mayor vigor y penetración en el espacio y en el tiempo han alcanzado los cánones que conforman y dan unidad al genio colectivo». Invitamos a leer la obra de Mario Briceño-Iragorry para dialogar con ella, encontrando lo que hemos sido y aquello que en estas tierras ha sido pensado.

 

Manuel Azuaje Reverón 

Caracas, 20 de octubre de 2017