En el principio era el Verbo,

y el Verbo era con Dios,

y el Verbo era Dios

Juan 1:1,14

 

El lenguaje como fundador de universos, como creador de estéticas, como reino que priva sobre la acción del hombre, que marca el rumbo de sus pasos y define su tiempo histórico. El lenguaje que enjuicia y valora; que representa e ilustra la realidad, la imaginación y la conciencia. El lenguaje consigue en el poeta a un concertista de sus partituras.

Blas Perozo Naveda, venezolano, nacido en 1943, no es simplemente un poeta. Es un lenguaje que se propuso tomar la voz de un poeta para ser expresión de libertad, lúdica, canto, grito y rebelión; de desenfado poético y político.

No es un poeta complaciente, no es un hombre dócil. Siempre se encuentra retando a la inteligencia: la suya, la de los suyos y la de los otros. Como poeta y hombre de literatura —egresado de la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia y doctor en Estudios Ibéricos e iberoamericanos en la Universidad de La Sorbonne—, así como en su ejercicio periodístico, logra a través del lenguaje replantear la realidad desde la exacta esencia del ser.

Su poética, construida estrictamente desde el habla y más allá de las formalidades expresivas, se nutre de una oralidad heredada que no es simplemente expresión de una crónica que busca recoger de manera pasiva los acontecimientos. La escritura poética de Blas Perozo no solo es creada desde la escucha, tal como la asume Ramón Palomares; su escritura es generada desde construcciones poéticas curtidas de todo el calor, el ritmo y el ingenio del habla.

La geografía de un autor va más allá de su lugar de nacimiento. Me comentaba una tarde Benito Mieses, que la gran poeta Lydda Franco Farías, en el año 1984, durante la presentación del libro Bolero a media luz en la ciudad de Mérida, le dijo: «¿No te das cuenta cómo los corianos nos estamos apoderando del país?». En esa expresión daba cuentas de cómo todos los poetas de Falcón se habían desplazado por el país construyendo un acervo, impulsando un movimiento de creadores, dinamizando la palabra escrita: Pedro Cuartín y Rafael José Alfonzo se habían radicado en Trujillo; Orlando Chirino en Carabobo; Enrique Loyo Ordaz, Orlando Urbina y el mismo Mieses residenciados en ese momento en la ciudad de Mérida y Blas Perozo Naveda, Enrique Arenas y César Chirinos habían llegado al Zulia a fundar cátedra.

De modo particular, el poeta transitó por todas estas regiones, de ahí que no se pueda privilegiar a Maracaibo como su única región lingüística. Su verbo, gracia, oralidad y poética, abarcan también Coro, Trujillo, Escuque, Valera y Mérida. En esos espacios ha sido profesor, poeta, ciudadano, y es así como su región es tan amplia como el país.

Por ello, su discurso poético no es simple expresión de un regionalismo arcaico, sino el resultado de un lenguaje que se alimenta, crece y evoluciona hasta reinventarse al igual que las ciudades y los pueblos convulsionados, dinámicos; obligados por el progreso y el desarrollo económico, las explosiones sociales y las revoluciones culturales a refundarse; que sigue siendo resultado del imaginario, del sentimiento y la respiración de las gentes y, en este caso, de la gente de Maracaibo, Coro, Mérida, Trujillo y Caracas.

Aunque muchas de sus construcciones obedecen a términos acunados o propios de Maracaibo, su poesía trasciende lo local y dialoga con las vanguardias, los jóvenes y los irreverentes.

Blas Perozo nos brinda la posibilidad de descifrarlo en esa forma de estructurar sus versos que no se somete a la métrica, sino al verso libre marcado por la respiración que dicta cada poema en particular:

 

…yo
el Blas
hijo del Blas
escribo este poema que tú entiendes
para que por primera vez en la poesía venezolana
una muchacha entienda a un poeta
cuando le dice que la ama
muchacha
este es mi poema de amor sin secretos
para que entonces todos puedan decir
que no puede ser que
te amara el Blas
aunque tú fueras una triste
pobre
inculta
y rica
muchacha de la universidad
que no se mete en política
ni creyó jamás en el amor libre
hasta que me viste a mi
según me dijiste piadosamente
que supe borrar tus lágrimas
aunque al principio solo fueran metáforas
las que salían de mi boca (…)

                                          («Uno de los últimos poemas de amor que le escribo a mi mujer», p. 131)

 

Cuando coloca a su verbo al servicio de un lenguaje particular y universal como el habla marabina, le da connotación mítica porque a partir de allí el poeta inicia y funda —desde la escritura— lo que anteriormente estaba dicho, pero no escrito. En este contexto podemos colocar a su lado la voz de Ramón Palomares quien hace un registro profundo del habla rural campesina de los andinos trujillanos.

Para nuestro poeta, lenguaje y respiración, lenguaje y transpiración, lenguaje y coloquialismo, lenguaje y regionalismo, constituyen un pequeño resumen de poéticas y por ello universalizar el habla local —no desde la necesidad de reivindicar sus términos, sino con la visión de colocarla en el diálogo de las hablas del mundo— ha sido una de sus tareas primordiales:

 

…Seguramente
saldrán a decir
que soy folclórico porque digo
la palabra Maracaibo
Yo les digo que es cierto
que es verdad
Este poema no lo escribí pa’vos
que estáis en tu playa privada
que aseguráis que la poesía revolucionaria
debe decir la palabra revolución
a mis mochilas lo que vos pensáis
a mí no me decís nada con eso
yo sé bien
que vos
respetable señor de la academia
pedazo de fariseo que citáis a Carlitos Marx
no tenéis nada que ver con la revolución (…)
                                          («Mi muchacha de origen fenicio no puede vivir en la montaña», p. 187)

 

La escritura de Blas Perozo Naveda no traiciona al habla en su yo poético, por el contrario, desde ella se permite fundar estéticas que exaltan, reivindican y le dan el lugar justo a una tradición oral que rompe con la colonización del hombre. Desde allí, desde el manejo versátil del lenguaje, el poeta se libera de las estructuras tradicionales y conservadoras de la lengua como forma de dominación de la conciencia:

 

…Entonces dice bueno así sí si vos queréis después
[no me

vengáis a decir que no te lo dije
Y yo te digo callate
recordá que la ciudad es nuestra no olvidéis que
[soy un
poeta
a pesar de los amigos que me gasto (…)
                                          («Solo mis lágrimas», p. 137)

 

Blas Perozo Naveda es un rapsoda de la oralidad maracucha. Oralidad no sujeta a las tradiciones milenarias, sino revolucionada al ritmo vertiginoso del desarrollo de las ciudades, de las regiones. Su poesía es altamente coloquial, pero cargada de la transgresión del creador que desafía al lector desde construcciones semánticas atrevidas, colmadas de ritmo y musicalidad, de tensión y distensión. Su poesía resonante representa toda una travesía para el lector, que no tardará en ser seducido si logra alcanzar el ritmo vertiginoso y la velocidad con la que respiran sus versos:

 

…Yo
a veintitantos años de edad
la edad misma
en que vos
XIII
me lloraste
para que yo
a los veintitantos años de edad
te consolara
loquita tierna
tu cabeza triste y crespa
y tus lágrimas
y tú
sin comprender
el por qué
que yo
a los veintitantos años de edad
no pude quererte
como debí quererte
como te quiero ahora
loquita tierna
de mi ciudad
porque es lo que sois vos
y habéis sido siempre
la loca más tierna
de mi ciudad (…)
                                          («Poema cursi a vos, que sois la loca más tierna», p. 148)

 

El lenguaje para Blas Perozo Naveda no calla, no tiene reposo. Es una poesía conversacional, contestataria, irreverente, lúdica, social y, a grandes ratos, peligrosamente antisocial. En este territorio, conversa con voces que junto a él conforman una estética de la gran poesía conversacional venezolana: Víctor Valera Mora, Lydda Franco Farías y William Osuna.

Allí su canto se vuelve desenfado y denuncia. En este sentido, tal cual como lo expresa Luis Alberto Crespo en El país ausente, el poeta es un «sobreviviente, como tantos de nosotros, del otro siglo y asomado a este que ya ha enterrado a más de un prójimo, en el achaque de cantarle y mentirle a la realidad».

El poeta Crespo nos da una brevísima aproximación a la lectura que se ha permitido realizar del «idioma» de Perozo Naveda:

“(…) De poeta en la poesía y en la prosa, debo precisar, pues el mismo idioma dicho, obediente a la academia de la lengua callejera (…) donde el dicterio y la ternura, la rabia y el lloro, la santa cursilería —otra figuración de la chinita— y la perorata de la cerveza abultan el diccionario bucal de marras.”

Es así como dentro de la poesía venezolana Blas Perozo Naveda contribuye a ampliar el discurso de las hablas, de la realidad, pero también del ars poética. No es gratuito que fundara junto a Douglas Gutiérrez y Alberto Añez Medina, el grupo literario Maracuchismo-leninismo como forma de resaltar no solo a una literatura realizada en Maracaibo, sino de un sentir y un imaginario, que sintetizan el espíritu estético de una literatura compuesta con los matices y los giros del habla maracucha.

Literatura irreverente, contestataria y vanguardista que trasciende y transgrede la estética de las poéticas académicamente aceptadas dentro de la poesía zuliana; que dialoga y se confronta con estéticas desarrolladas por grupos como Sardio, Apocalipsis o el Techo de la ballena.

Desde este desenfado alcanza a producir obras como Caín (1969), Date por muerto que sois un hombre perdido (1973), Maracaibo City (1983) y Mala fama (1988), entre otras, donde se expresa abiertamente la propuesta estética de su escritura planteada desde el Maracuchismo-leninismo.

La ciudad es un tema recurrente en la poética de nuestro autor. Su gente, su ritmo, sus avenidas; sus personajes, sus bares y sus amores: Maracaibo es el territorio que bien puede ser París, Caracas, Buenos Aires o Londres.

El poeta descubre su propia voz valorando la voz colectiva, dándole un carácter excepcional; exaltándola en cada pronunciación, en cada imagen construida, en cada analogía.

Blas desafía permanentemente al lenguaje, pero más que todo a la forma tradicional de darle tratamiento, por eso hace del poema un ente versátil, volátil y maleable, con el que se puede jugar; que te puede seducir, desafiar, enamorar, y quizá por ello su poesía convoca no solo a seguirla, sino a abrir nuevos senderos para dialogar, descubrir y crear desde el lenguaje.

Si leemos con detenimiento cada uno de sus poemas, podemos entrar en conexión con el verdadero juego surrealista, y en algunos casos, como en un ejercicio de Bretón, que de manera certera, nos dibuja a un poeta que ha logrado desautomatizar el lenguaje como una forma de viaje para la construcción de semánticas. Pero a diferencia del juego surrealista, su construcción poética no es inconsciente. El poeta reconoce, evalúa y dibuja al poema desde una convicción cargada de imágenes conscientes, registradas en su memoria. Imágenes que han sido depuradas y que son colocadas dentro del verso para desafiar la forma de construcción de la propia imagen y para retar al lector desde el poema mismo.

En esto Blas Perozo Naveda parece coincidir con Vicente Huidobro, quien ya planteaba en su Manifiesto de manifiestos:

La poesía ha de ser creada por el poeta con toda la fuerza de sus sentidos más despiertos que nunca. El poeta tiene un papel activo y no pasivo en la composición y el engranaje de su poema.

El poeta alcanza este cometido y sus sentidos se esfuerzan por llevar al lenguaje poético los microuniversos expresivos del habla, alcanzando el estado de superconciencia que Huidobro plantea, en donde «la razón y la imaginación traspasan la atmósfera habitual, se hallan como electrificadas, y nuestro aparato cerebral está a alta presión».

Es por ello que el poeta Blas Perozo Naveda, también en su poética se confronta con el surrealismo de Bretón y el creacionismo de Huidobro, y el resultado es una poética de grandes riesgos que tiene el pensamiento como ejercicio de abstracción, como construcción del espacio y como territorio existencial de la conciencia.

Los territorios físicos de Blas son múltiples: la ciudad calurosa, acelerada, caótica; del béisbol, del mercado de las pulgas, la basílica, el Empedrao, el Saladillo de la cerveza al mediodía; sus territorios espirituales, habitados por la familia, los amigos, las mujeres, los muertos, la feligresía, los amoríos, los personajes populares, la bohemia, el viaje y el río. Finalmente, sus territorios lingüísticos: gente refranera, culta, de respuesta jocosa, dicharachera, inventiva, ingeniosa; del doble sentido, las frases, las maneras de nombrar, enumerar, transgredir la sintaxis, de registrar y reinventar el habla. Desde esa vasta geografía se constituye como poeta, pero también como un lenguaje. De allí su posibilidad de desplazarse desde su poética por distintos estadios del espíritu para quedarse impreso en la interioridad del lector.

La ciudad, presente en toda su obra como esa terrible, mágica, amada y sufrida Babilona, en donde debe librar múltiples batallas. La ciudad que aspira a someter al hombre a sus múltiples ritmos. La ciudad de desenfados, encuentros fortuitos, peleas callejeras y borracheras. La ciudad universal, con fragmentos de Ámsterdam, Buenos Aires, Caracas, Filadelfia, Maracaibo, Milán, Moscú y París. La ciudad que respira al compás de la bulla de los carros en pleno tráfico y baila al son de rocolas que no cesan de cantar. La ciudad de prostitutas, ebrios y piratas. La ciudad de luchas sociales, de guerrillas. Todas ellas son la misma ciudad que, a pesar de todos sus infiernos, es profundamente amada por el poeta:

 

…Ciudad que te quemas

ciudad que te olvidas
ciudad que vuelves
ciudad vestal
mujer cerveza ciudad Babilonia
eres el comienzo
eres la caída
eres el final
eres el Origen
dentro de ti se queman las vidas de los malos
nuestras vidas sagradas se queman
y tú sin embargo tú sonríes
y nos dices aquí espero
Eres una copa de vino
y yo te bebo
vino te bebo Ciudad-vino-Ciudad
y te amo (…)
                                          («Ciudad que te quemas», p. 278)

 

De igual forma, Blas Perozo es un poeta amoroso y en ese terreno asume, ejerce y disfruta la poesía desde la vastedad, la sencillez, el ingenio y la ternura que habitan su espíritu; para lo cual no teme hacer declaraciones abiertas de amor desesperado:

 

…pero vos
muchacha de la universidad
me enseñaste a escribir este poema de amor
todas las tardes
todas las mañanas
todos los días del mundo
ofreciéndome la madurez y ese sabor dulce de tu higo
por eso perdí la cabeza por vos
y llené de lágrimas de cocodrilo
mi ciudad
mi Baby
Lonia
desde el Panchito bar
hasta el Olímpico
todo
antes de encontrarte. (…)
                                          («Uno de los últimos poemas de amor que le escribo a mi mujer», p. 131)

 

El viaje a través de la obra de Blas Perozo Naveda es una experiencia garantizada de lectura significativa que ampliará en el lector los horizontes de la gran literatura venezolana.

Millo Autor: Blas Perozo Naveda Género: Poesía Colección: Altazor

 

José Javier Sánchez

Caracas, 21 de junio de 2017