Si quisiera usted recordar su primer poema, o su primer libro, ¿podría evocar el impulso inicial de su escritura? Aleixandre dijo que se hizo poeta el día que leyó un verso de Rubén Darío. ¿Cómo se reconoció usted en diálogo con la poesía?

Temprano advertí que la escritura era una actividad afín a mis condiciones y temperamento. Poco después advertí igualmente que me ganaba escribir poesía frente a la narrativa y a la escritura analítica y reflexiva. Publiqué en Diario de Occidente, 1953 —de Maracaibo—, un poema, «La hermana», en el que la ternura de la figura central se veía envuelta en bruma y tormenta. El amor, la ternura y la inocencia han sido vertientes afectivas que creo son de lo más recurrentes en cuanto escribo. Al dedicarme a la poesía he sentido una fundación de mí mismo y una orientación definida y satisfactoria para mi existencia.

A sus lectores les gustaría seguramente conocer su biblioteca, esa ilusión de un árbol genealógico del poeta. ¿Qué libros de poesía motivaron la juventud de su ejercicio poético? ¿El poeta inventa a sus precursores o, más bien, imagina a sus lectores?

En mis estudios de Letras, en el Instituto Pedagógico Nacional, realizaba cursos iniciales de literatura clásica, griega y latina; fue una experiencia que considero de gran significación, no solamente por su contenido y condición normativa, sino por la orientación que le señalaba el inolvidable profesor Edoardo Crema. Igualmente, aproximarme a la literatura española, a la historia y evolución del idioma, a sus primeros textos y sus épocas de mayor creatividad me han sido de una importancia fundamental. Por otra parte, me fueron especialmente gratos y valiosos algunos textos de literatura antigua, tanto la Biblia como La Ilíada y La Odisea y la poesía épica oriental, especialmente el Ramayana. También despertaron en mí la curiosidad, primero, y después una especial afinidad, los textos y poemas de la literatura precolombina como el Popol Vuh y la poesía de los aztecas, entre otros. Con mis compañeros del Grupo Sardio fui un entusiasta de los poetas surrealistas y, por otra parte, era entonces desde hacía tiempo y hasta hoy lector y admirador de Neruda y Vallejo. Admiraba también y he reconocido siempre la condición extraordinaria de quienes desde muy temprano eran ya mis amigos: Vicente Gerbasi y Juan Sánchez Peláez. No me resultaría ajeno inventar autores, lo encuentro en el camino, aunque no es una modalidad que frecuente. Y en oportunidades he tomado como puntos de partida elementos textuales de obras, por lo general, ajenas a la intención de crear poesía.

A lo largo de su obra, ¿se ha encontrado a sí mismo en su propia voz? ¿O la voz es siempre la de otro, la imagen en el espejo del lenguaje? Yeats parece que obedecía a un dictado profuso. Borges, a las simetrías de la memoria rimada. ¿Qué es primero, la imagen o el ritmo?

Mi admirada amiga Patricia Guzmán, en un breve y magnífico ensayo a propósito de una idea como esta, en mi trabajo de poesía, cita otros autores en referencia para afirmar: «sus visiones son las visiones de un oyente», apreciación que comparto. La imagen visual me resulta muy interesante y en ocasiones pareciera más acentuada que la imagen auditiva, y creo que así ocurre, pero en el fundamento del sonido, ritmo, pausas, silencio, la idea resuelta como una melodía me satisface con mayor fuerza.

¿Frecuenta usted la primera persona como comienzo del discurso poético? ¿O prefiere dejar el «yo» a los novelistas? ¿Puede, en definitiva, el lenguaje representar al «yo» asignándole una identidad cierta? ¿O el «yo» es una licencia de la Retórica?

La idea, las expectativas que puedan rodearme en el instante de escribir o lo hayan venido haciendo con insistencia como suele ocurrir, deciden este aspecto. En este sentido quiero citar a nuestro gran poeta José Antonio Ramos Sucre, cuyos textos manifiestan un Yo enfático, de gran relevancia.

¿Qué sintonías cree usted haber establecido con otros poetas y escritores de su país y su lengua? Si tuviera que hablar de su ejemplo o lección, ¿cómo definiría la opción de pertenencia de su obra?

Creo que mi encuentro y amistad con Vicente Gerbasi y su visión del mundo venezolano y tropical ha tenido una gran importancia en mi poesía; algo semejante podría referir acerca de Juan Sánchez Peláez: los dos fueron guías fraternales y personalidades de importancia considerable en mi formación.

Por otro lado, ¿cuál sería la lección de lectura y escritura que cree inculcar en los nuevos practicantes y lectores?

Una sugerencia se refiere a que la persona asuma con gran libertad su intuición y preferencias y las reafirme con la lectura de autores que en su experiencia considere afines y estimulen su creatividad y vocación, y si le fuera posible, acceder a las lecturas clásicas con alguna orientación. También considero importante la conversación y confrontaciones con amigos y camaradas de su generación. Y escribir y ejercitarse en el oficio.

Sobre las intersecciones con los contextos, ¿qué papel, si alguno, le conoce usted al poema entre las formas de discurso que se disputan hoy la racionalidad civil y el significado de nuestro plazo en este globo?

Pienso que el poema, la poesía, la escritura de poesía, se encuentran en una zona cercana al mito; diría que son creaciones soterradas en la dinámica de la sociedad actual y de consideración escasamente delimitada; con todo, resulta innegable la riqueza que en el individuo proyecta su relación. Imposible dudar de su generosidad.

Se debate hoy el sentido de la creatividad, que se definiría por la capacidad de abrir espacios de respiración y visión. ¿Qué momento de su poesía encuentra privilegiado por la luz y la sombra del lenguaje?

El ejercicio de la escritura de poesía constituye para mí un disfrute supremo, en referencia puedo decir con uno de mis poemas:

Desandar

Por el flanco en que debo revivir

praderas muertas, yerbas devastadas,

viajo sin que distancia alguna me prive

sin dios que me detenga,

y en la vida invisible

me extiendo y Soy.

 

Si usted tuviera que definir su personalidad poética, ¿qué parte de su experiencia personal y nacional cree que ha gravitado a la hora de crear espacios alternativos a los impuestos por nuestro tiempo? Dicho de otro modo, ¿cuánto de su condición local se ha liberado como abierta al mundo?

Considero esos «espacios alternativos» a que hace referencia como zonas afectivas y hacia ellas puedo señalar una «dirección», si cabe decir, de mi trabajo: dar especial relevancia a la emoción y el sentimiento de la ternura, del amor, la nostalgia, el extrañamiento del entorno y las formas puras y espontáneas de la naturaleza… Por otra parte, en los comentarios y referencias críticas que se han formulado a mi poesía se ha destacado el tratamiento de un lenguaje propio del entorno de mi infancia en los Andes venezolanos.

Vivimos en el descreimiento mutuo, favorecido por la pobreza de las comunicaciones y la violencia diaria de las representaciones públicas. ¿Cuánta fe en el otro es posible todavía en la poesía? ¿Hay un sentido más puro en las palabras de la tribu? ¿O ese dictamen modernista ha sido remplazado por «un sentido de la realidad de los mil demonios», esa furia civil del poeta del margen proclamada por Nicanor Parra?

No hay un sentido más puro, aunque sí más desgarrador y desesperado en las palabras de la tribu. La furia civil del poeta y la marginalidad tienen ya —y aun en su sentido tumultuoso— no menos de doscientos años.

Le agradeceremos elegir un poema suyo y complementarlo.

Me reflejan personalmente todos o casi todos los poemas que he escrito. Son esencialmente vivenciales; leo en voz alta para mis amigos en oportunidades muy particulares uno de ellos.

El jugador

Yo soy como aquel hombre que estaba sentado en una mesa de juego

y al promediar la tarde ya estaba bien basado

y dio y dio hasta que estuvo rodeado de momentos de plata

y ya en la tardecita era puro de oro

y le llegaban mujeres y le ponían los brazos al cuello

y él se reía

y estaba lleno de joyas, lleno de prendas

y los ojos y las orejas eran de fina joyería

y los bigotes y la barba eran de verdad piedras, ¡Y muy preciosas!

Y a las nueve ya estaba en su apogeo

y la mesa y los jugadores y los que estaban en lo alrededor brillaban

y aquéllo eran no más soles Y un gran sol que era él

y esa casa era un solo resplandecer y resplandecer

y mientras más entraba la noche

más y más claro se hacía

y el tiempo iba y venía y así

hasta que todo era una gran montaña

y el hombre estaba en el centro y en lo más alto del monte

y se veía como una enorme piedra roja y en lo alrededor

todos eran de oro y todos de monedas

riéndose con aquellos dientes que chispeaban

y hablando con sus lenguas de porcelana y rubíes

Entonces eran como las doce Y el reloj

dijo a dar las doce

Y al ratico nomás quedaba la casa

Y al ratico

nomás quedaba la sala con la gente brillando y brillando

Y ya no quedaba sino la mesa y los montoncitos de oro

Y el hombre miraba a todos lados

Y abría la boca y miraba

Y desaparecieron las mujeres Y vio los montoncitos de ceniza

Y se quedó desnudo

Y se puso a llorar

ahí se dio cuenta que todo se le había vuelto noche

Y resplandores ¡nada!

Todo de luto y hosco

Y esos ojos de él vieron la luz

y volvieron en sí

y volvieron a mirarse como era él

y tendió la mano sobre los montoncitos de ceniza

sonriendo

Ya me voy —dijo

Me voy como vine —dijo

«Adiós»

Y se fue por lo oscuro

 

Advierto en este poema mi relación con los espacios originales de mi sensibilidad, con su gente y sus fábulas con las que tantas veces recrean sus dificultades y sus triunfos, y es por igual un espejo esencial de mi propia realidad.

 

 

Maelca | Patricia González (2012)