> Al sur del Equanil <
Renato Rodríguez se penetra a sí mismo en la escritura

Se le acabó la pólvora, eso cree él. Recostado en una poltrona roja del Hotel Coliseo en Sabana Grande, Renato Rodríguez, ganador del Premio Nacional de Literatura 2004/2005, dice que ya no le viene a la mente nada que poner en palabras. Sólo por eso dejó sin voz al papel desde hace un tiempo atrás.

"Uno tiene que saber cuando hacer mutis. El actor que sigue hablando después que le toca hacer mutis, mete la pata. Entonces yo no me voy a poner a fabricar obras para mantener un prestigio de escritor", aclara mientras se repasa la barba recién afeitada y estira un poco los pies.

A esa hora, tres turistas españoles miran el cielo casi azul de las tres de la tarde, gracias a una puerta de vidrio que resguarda la entrada trasera del hotel. A cada rato, desfilan taxis y maletas. Repica el teléfono de la recepción y siempre contesta una mujer. Un empleado del Coliseo, ocioso y uniformado, recorre el lobby con aires de inspector.

Rodríguez levanta la voz, se acerca la mano a su oreja izquierda porque no escucha bien. Cada vez que habla (o grita) los tres turistas españoles apartan la vista del cielo y se vuelven a mirarlo a él.

Autor de textos como Al sur del Equanil (1963), El bonche (1976) ¡Viva la pasta! o Las enseñanzas de Don Giuseppe (1984), La noche escuece (1985) y Quanos (1997), cuyos derechos cedió de manera exclusiva a Monte Ávila Editores junto con los de sus obras aún inéditas; Rodríguez, trotamundo, afecto al desenfado, viajero pertinaz, también hizo alguna vez de aeromozo, técnico en refrigeración, recepcionista nocturno, obrero de montaje, administrador, ayudante de cocina, mesonero, conserje y corrector.

Su vocación literaria, confiesa, se la reveló el Padre Ojeda, director del Liceo San José de Los Teques, donde cursó estudios de secundaria. Entusiasta lector desde su infancia, un día de sus quince años a Renato le sobrevino "la noche negra del alma", en palabras de San Juan de la Cruz. Es decir, la crisis espiritual.

- Entonces, resulta que yo le dije, mire Padre Ojeda yo he decidido abrazar el sacerdocio y quiero que usted me ayude a ingresar al noviciado. Él me respondió: pero chico, ¿tú estás malo de la cabeza?, ¿tú estás loco?, tú no sirves para eso. ¡Cómo no voy a servir padre Ojeda!, yo tengo tres meses que rezo el rosario todos los días, comulgo y en esos tres meses no he cometido un solo pecado ni mortal ni venial. Y me dice él, caramba vale, tú eres mejor que San José, entonces. ¿Cómo padre?, le contesto yo. Sí, porque la escritura dice que San José es la encarnación del hombre justo, pero el hombre justo peca siete veces diarias y tú en tres meses ni una ¡tú eres mejor que San José, chico! Padre Ojeda, entonces qué hago yo, no sirvo para nada. Me dice, sí hay una cosa para la cual tú sirves. Y qué es eso, Padre Ojeda. Bueno para escribir, eso es lo único para lo cual tú sirves.

- ¿Se decidió desde aquel momento?

- Bueno, yo lo empecé a intentar, pero no me salía nada. Traté de escribir y tal y qué sé yo, pero qué va.

Testimonio de papel

- ¿Por qué desconfía usted de la palabra escritor?

- Bueno, porque ocurre que escritor es una condición social en muchos niveles y en muchos países. Y escribir es otra cosa. Escribir es un fenómeno psíquico, un fenómeno anímico. Entonces, yo le comentaba a alguien en estos días que aquí en Venezuela hay muchas personas que quieren ser escritores, pero hay muy pocas que quieren escribir.

- ¿Qué significa para usted la escritura? Hable un poco más de ese fenómeno psíquico

- La escritura significa una investigación en el ser íntimo de uno y lo que uno pone en el papel no es sino un testimonio. Escribir no es eso de llenar hojas y hojas y hojas. No, escribir es penetrarse uno mismo hasta el fondo de su corazón, de su alma, de lo que sea. Eso es un testimonio.

- ¿Es doloroso o es placentero?

- A veces una cosa y a veces la otra.

- ¿Cómo ha sido en su caso?

- En mi caso ha sido a veces placentero y a veces doloroso. Hay un autor francés llamado Montaña que tiene una frase muy curiosa, dice: "el hombre sólo puede hablar de lo que en la sangre le pasó por el hígado". Eso significa que puede ser muy doloroso y muy placentero también, solamente que es una experiencia, algo que ocurrió con la persona que narra o escribe. Mire, esto lo he citado varias veces, Guillermo Meneses fue la primera persona que a mí me tiró algo en una revista que él tenía llamada Cal , me publicó allí dos o tres veces. Yo hablaba mucho con él, lo visitaba en su casa de Chapellín de vez en cuando y echábamos unas cotorras increíbles. Una vez él me comentó con toda sinceridad: "Renato, a mi no me gusta eso que tú escribes". Y yo le dije, pero don Guillermo y entonces porque lo publica. Me respondió: "porque yo no me considero autorizado para decirle a nadie cómo escribir, cada quien escribe como le sale y de acuerdo con lo que tenga en el buche" (risas).

- ¿Considera necesaria la búsqueda de distintos paisajes para propiciar la escritura?

- No son los paisajes, lo que pasa es que un viaje por la geografía conlleva a un viaje en el interior de la persona. Hoy en día la gente viaja en avión, se montan aquí y llegan allá y no recorren ningún camino, no ven los precipicios, las montañas, la gente que anda por ahí deambulando, trabajando en los cerros. Entonces, el viaje es doble, el viaje físico que es moverse de un paisaje a otro y que conlleva un viaje espiritual, la impresión que le produce a uno estar viendo cosas. Así es como yo veo mi viaje, viajé físicamente pero también lo hice al fondo de mi buche.

- ¿Qué le aportaron esos viajes a su literatura?

- Por una parte, información. Por la otra, anécdotas, características de las personas, tipologías, porque uno va entrando en contacto con mucha gente.

- ¿Alguno de los tantos oficios que desempeñó por el mundo lo llegó a marcar de manera particular?

- No, yo estaba conciente de que lo hacía para ganar unos pesos.

- ¿Pero nada lo atrajo más de todo lo que hizo?

- El trabajo agropecuario, por ejemplo, producir leche, vacas, gallinas, ¡me encantan las gallinas!, sembrar hortalizas, manejar un tractor. Esas fueron cosas que me dieron mucha satisfacción.

Literatura personal

- ¿Al inicio de su carrera de escritor a qué autores admiró?

- Hay una cosa muy curiosa, a mí el empujón definitivo para escribir me lo dio un autor venezolano llamado Costa García con su libro Don Secundino en París . Me lo regaló un vecino, yo lo leí y me volví loco con él.

- ¿Por qué?

- Porque tiene lo que ahora llaman desenfado, ahí estaba presente el desenfado en una época en la que no estaba de moda.

- ¿Qué otros autores eran de su preferencia en aquel momento?

- Yo leí a autores norteamericanos, leí a Henry Miller, a Jack Kerouac, a Ernest Hemingway, a otros escritores ingleses y franceses, pero alguno que influyera particularmente en mí, no. Me sucedió que en Caracas yo conocí a un poeta chileno y le regalé un ejemplar de Al sur del Equanil , unos cuantos días después me lo encontré y me dijo: "Renato, me dio mucho gusto leer tu libro porque es un gran placer para mí encontrar a un venezolano que escribe como venezolano". Yo le digo ¿y eso? porque a mí me llamaban el Henry Miller margariteño y cosas así. Sí, me explicó, en tu libro está presente el desenfado de Costa García en Don Secundino en París , está presente el lenguaje escatológico de Antonio Arráiz en Puros hombres y está la desarticulación del tiempo de Enrique Bernardo Nuñez en Cubagua .

- Hay algo que se manifiesta en varios de los personajes de sus novelas: el aislamiento. ¿Es necesario el aislamiento para un escritor?

- Yo creo que esa es una cosa que se produce por diversos motivos, hay personas en las que el aislamiento es una condición sicológica, la concentración en sí mismas, y otras en las que se produce por su poca capacidad para comunicarse, para entenderse con otros.

- ¿Usted por qué ha preferido vivir aislado?

- En mi caso, yo fui desde niño un poco segregado. Por ejemplo, en la escuela yo no tenía amigos, y no es que no me agradara pero parece que yo no era divertido. Andaba por la playa solo, me iba a pescar solo de madrugada en Margarita.

- ¿Comparte la opinión de que hay mucho de su propia vida en su literatura?

- Sí, porque el hombre como dice Montaña sólo puede hablar de lo que en la sangre le ha pasado por el hígado. O sea, eso se refiere a la experiencia personal.

- En varios de sus libros sus personajes siempre están en la búsqueda de algo ¿es esa misma búsqueda la que usted emprendió en su literatura?

- No es la búsqueda, si no la disposición a encontrar. Porque cuando uno busca, sabe lo que está buscando. Pero cuando uno está dispuesto a encontrar no sabe lo que le sale al paso, lo que le ocurre.

- ¿Qué estaba dispuesto a encontrar usted cuando comenzó a escribir?

- Lo que fuera, cualquier cosa.

- ¿Y qué encontró?

- A un tipo que espera encontrar algo.

- ¿Qué ganó al hacerse escritor?

- Ni gané ni perdí, simplemente me di el gusto de hacer algo que quería hacer. Ahora sí, ahora me gané el premio.

Al sur del Equanil

- ¿Cuántos libros has publicado? - le preguntó Cirilo a Eduardo.

- Hasta ahora ninguno ¿Te extraña? El hecho de haber publicado un libro no es lo que hace a un hombre escritor y a la larga ni siquiera haberlo escrito. Para ser escritor no se necesita diploma como para médico o abogado. Escritor se es o no se es independientemente de cualquier otra consideración. Es una condición del espíritu.

(.)

- ¿Manuel? ¿Manuel es escritor también?

- Desde luego, de nacimiento, sólo que Manuel no llega a escribir, mejor dicho, no se sabe, puede que descubra o no su condición de escritor, pero hasta el fin de la novela no lo hace. Ya te dije que se trata de una condición del espíritu y quien sabe si hasta del organismo. En ti, por ejemplo, están ciertos rasgos y detalles característicos que se repiten en los escritores.

- ¿En mí?

- En ti, tú eres un escritor.

- Esta vez como que te equivocas, Eduardo, yo no escribiré nunca nada, yo tengo mi destino muy claro.

-¿Sí? ¿Tan seguro estás? Si quieres toma nota de la hora y fecha en la que predigo que un día dejarás todo y te dedicarás a escribir y nada más; no tendrás ninguna otra preocupación. No sabes qué suerte de personaje eres, serías capaz el día que sientas la necesidad de escribir, de abandonar no importa qué cosa, de mandar todo al diablo, con tal de poder hacerlo.

- Francamente.

- Eres escritor, que no lo sepas no importa, tarde o temprano escribirás, y muy bien por cierto.

- Y ¿Si yo no quisiera?

-Peor para ti, llevas la seña trágica, estás marcado, yo no me equivoco en esas cosas; es preciso que te aceptes y todo irá bien; en caso contrario te fregarás y serás un desgraciado.

Fragmento de la novela Al sur del Equanil de Renato Rodríguez, publicada por Monte Ávila Editores dentro de la Colección Biblioteca Básica de Autores Venezolanos.